sábado, 7 de septiembre de 2013

CANTOS , SANTOS Y LETRAS

Si tuviese que elegir una ciudad española para vivir, esa, sin dudas, sería Ávila. Ubicada en el Valle de Amblés al pie de la Sierra de Ávila. Posee una altitud y temperatura perfecta en verano, con una brisa acariciadora, pero también un crudo y soleada invierno. Nuestra guía nos explicó que por su ubicación geográfica, la ciudad presenta registros mínimos invernales de 10° bajo cero, con algunas precipitaciones níveas, pero con Febo que asoma y no abandona.
Ávila es una ciudad de cuentos, considerada ciudad de cantos y de santos, de impronta celtíbera, que se manifiesta en cada cruce, en cada rincón, representada en la figura del berraco.[1] La muralla que la rodea, asentada sobre los restos romanos, está reforzada por impresionantes torretas que rematan en el ábside de la catedral, mostrando la soberbia de su carácter y la protección y austeridad del Medioevo.
Ávila tiene las distancias perfectas, a una hora y monedas de la Gran Madrid y a poco más o menos de Salamanca, la de las letras y la sabiduría, la convierten en mi sitio elegido. Su hermana mayor, Salamanca, despertó mis ganas de haber nacido en otro tiempo. En el tiempo de los pensadores, los letrados, los que cambiaron parte de la cultura y el lenguaje. Los escritores anónimos, los estudiosos, los que hacían lo que fuese por tener un libro, porque el saber les daba libertad.
La biblioteca de la Universidad guarda como un tesoro incalculable “Los incunables[2]” y los “libros gordos y redondos[3]”. Cuenta la historia, que los libros eran tan preciados y de alto valor para aquellos que anhelaban su acceso, que estaban protegidos con cadenas. Los estudiantes que aprobaban sus exámenes salían por el portón principal de la universidad, con la pompa de las campanas de la catedral. Mientras que aquellos que desaprobaban salían por la puerta de los carros, vitoreados, escupidos e insultados.
Salí de Salamanca pensando en la biblioteca, quizás porque los libros es un espacio del que no puedo desprenderme. Pensaba en nuestra Biblioteca General San Martín[4], de la que soy socia número once mil y tantos, para una ciudad de más de 800.000 habitantes es baja la nómina. Trataba de imaginar a los estudiantes de antaño palpando esas primeras impresiones que añadían luz a sus mentes y que ayudaron a procesos de cambios de la historia. Me hubiese gustado ser parte de ellos.
Me siento en una época donde “los resúmenes” y “libros flacos, débiles  y cuasi vacios” son lo más buscado como los tesoro de antaño. Me saco el sombre por aquellos jóvenes universitarios que hicieron todo y aun robar, por un pequeño trozo de sabiduría.






[1] Imagen del cerdo que en la cultura ibérica representa la fertilidad
[2] El término "incunable" hace referencia a la época en que los libros se hallaban en la "cuna," cuando aun no se conocía la técnica moderna de hacer libros a través de la imprenta. Quien fabricaba el libro era dueño de la prensa, fundidor de tipos, fabricante de papel y editor del mismo.
[3] Diez globos celestes y terrestres que se conservan en la biblioteca histórica salamantina.
[4] Biblioteca popular y pública de la ciudad de Mendoza, Argentina.













miércoles, 4 de septiembre de 2013

Metro Madrid. De O'Donell a Sol

Este es un blog de historias humanas, historias de viajes, de anécdotas anónimas de emociones profundas. No pretende ser un sitio de información turística o datos históricos, para los cuales abunda la bibliografía. Si no más bien, compartir emociones propias y ajenas de mi trabajo como coordinadora de grupo.Volver a Madrid después de trece años no es poco. Madrid es un sitio adorable, exceptuando por las temperaturas veraniegas que en lo personal me fastidian en todos lados. Esta mañana salimos con un par  de señoras decididas a tomar el metro.[1] La noche anterior me había ofrecido acompañarlas hasta la estación Sol, donde cada una tomaría rumbos diferentes para aprovechar su día libre.
Mientras empezamos a bajar decididas a comprar los billetes, fue una diversión escuchar los comentarios, que para algunas era toda una nueva experiencia. Enfrentamos las máquinas expendedoras y ya con boleto en mano, seguimos en la búsqueda del andén correspondiente. Es obvio que cuando hay muchas mujeres juntas se arranca para el lado opuesto. Pero entre risas y comentarios “por acá … no para el otro lado” nos embarcamos en el tren correcto.
Durante el viaje, todas estábamos absortas mirando nuestro alrededor, los mendigo infaltables de cada ciudad, el plano de las estaciones en el interior del tren y el alta voz anunciando la próxima parada.
Una de mis chicas al final del discurso de un mendigo le dice: “no tenemos monedas,” y el hombre ni lerdo ni perezoso le responde: “se aceptan billetes.” Todas soltamos la risa y llegamos a la conclusión que tenemos excusas más que suficientes para pedir una moneda, ya que aquí alegan la crisis europea.
Cuando estábamos en Sol, caminos en dirección a La Plaza Mayor, otra de mis chicas buscaba encontrar una plaza al mejor estilo parque, verde y con árboles. Nuevo motivo para reírnos. Cuando llegamos allí, les conté mi historia con la plaza, historia de setiembre de trece años atrás. Historia que aun me emociona, historia que todas escucharon y suspiraron. Entramos por el mismo arco que ingresé hace tiempo, el de la Calle de la Sal y nos sentamos en la misma farola. Allí nos tomamos una foto y las dejé libre para seguir cada una con sus expectativas del día.

Cuando uno viaja, los sitios comienzan a parecerse. El arte, la arquitectura puede cambiar de romano, godo, visigodo, gótico, renacentista o medieval. De todo lo que los guías explican, a las personas les queda un diez por ciento, por ser generosa con el porcentaje. Pero las experiencias mínimas y vivir la urbanidad, la cotidianeidad de una ciudad hace la diferencia. Mis chicas no se van a olvidar que anduvimos en el metro de Madrid.












[1] Sistema de transporte subeterráneo.